“Por ahora”, dos palabras que anunciaron el fin de un ciclo histórico en Venezuela.

 

Fueron pronunciadas el 4 de Febrero de 1992  por, el entonces Teniente Coronel del Ejército de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías. Lo hizo frente las cámaras de televisión tras el fracaso de la “Operación Zamora”, insurrección cívico-militar que acababa de dirigir contra el gobierno neoliberal de Carlos Andrés Pérez. En ella participaron más de 2000 soldados venezolanos, jóvenes en su inmensa mayoría.

En 1983, Chávez había fundado junto con otros militares el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200  inspirado en los ejemplos de Simón Bolívar (a 200 años de su nacimiento), Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, en una suerte de adaptación de sus pensamientos y legados históricos a la actualidad latinoamericana de aquel momento.
Aquel fue el germen ideológico que dio origen al 4F, aunque esta rebelión fue en realidad la culminación de un proceso de unidad con movimientos sociales y grupos estudiantiles universitarios que ayudaron a planificar y ejecutar la operación, desarrollada en la madrugada del 3 al 4 de Febrero de hace 22 años.
Esta insurrección tuvo como protagonista social al pueblo venezolano, sujeto histórico que catapultó las condiciones materiales para el levantamiento armado. En la luna de aquella noche se reflejaron las resistencias estudiantiles, los movimientos sociales y obreros, los miles de pobres masacrados en el Sacudón de 1989 o ese pueblo armado que había ido marchando a las montañas para resistir frente a la salvaje represión instutucionalizada por el puntofijismo político.
Las lógicas establecidas por el capital se habían impuesto prácticamente en toda la geografía mundial y Latinoamérica no era una excepción. El contexto internacional de reciente desmoronamiento de la URSS y caída de los mercados socialistas había dejado a las propuestas emancipadoras de clase huérfanas, desorientadas y sumamente fraccionadas. Los estados nacionales asentían arrodillados ante las directrices del Gobierno de los EE. UU. y las grandes multinacionales, inspiradas por las recetas político-económicas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), que estaban propiciando escenarios de pobreza masiva en todo el área.
En Venezuela ese fundamentalismo de mercado se tradujo en un programa neoliberal de reformas iniciado en 1989 denominado el “Gran Viraje”. Este eufemismo resumía un “paquete económico” de duras medidas tutelado por el FMI y el BM y basado en el cumplimiento sumiso de las directrices del “Consenso de Washington”. Estas políticas anudaban la soga de la deuda ilegítima en el cuello de las mayorías populares venezolanas, condenando de por vida a millones de familias (con sus descendencias) a la más absoluta miseria y abandono social. Esa inmensa parte del pueblo venezolano ya venía sufriendo las consecuencias de una fuerte recesión económica generada por la burbuja del boom petrolero y su posterior crisis en la década de los 70. Pero pese a ser un país rico en recursos, solo existía futuro para una minoría multimillonaria, corrupta y parasitaria.

Las directrices del Consenso de Washington se componían -en lo económico- de los siguientes puntos:

– Disciplina presupuestaria (los presupuestos públicos no pueden tener déficit).
– El gasto social se elimina (ya que el gasto público debe concentrarse donde sea más rentable).
– Reforma impositiva (ampliar las bases de los impuestos y reducir los más altos).
– Liberalización de los tipos de interés.
– Un tipo de cambio competitivo de la moneda.
-Liberalización del comercio internacional (disminución de barreras aduaneras).
– Eliminación de las barreras a las inversiones extranjeras directas.
-Privatización (venta de las empresas públicas y de los monopolios estatales)
-Flexibilización laboral.
-Desregulación de los mercados.
-Protección de todo tipo de propiedad privada, cualquiera que sea su actividad, productiva o improductiva.

La insurgencia cívico-militar del 4 de febrero de 1992 (igual que el Caracazo en 1989), fueron gritos de un pueblo harto que se sublevó ante el abandono, la marginación social y el empobrecimiento de las mayorías. Que se rebeló frente a la represión, las persecuciones y las desapariciones. Que se levantó contra la entrega de los recursos naturales al capital extranjero, la corrupción y el manejo de su país por parte de una minoritaria clase privilegiada y vende patrias.
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