Grecia: trascendiendo la caverna

En estos últimos meses le salen a Grecia amigos por todas partes. Nada que objetar; todo lo contrario. Salvo que tales amigos podrían haberle salido hace treinta o cuarenta años.

 

OTAN

 

La Caverna y su way of life virtual

Durante décadas la sociedad helena y sus actividades fueron estructurándose según un patrón que podríamos llamar “de emulación imperialista”, o “imperialismo virtual”. El neologismo significa que Grecia, sin poseer una trastienda mundial donde ordenar la extorsión industrial y el pillaje, sí copió en su interior la fisonomía típica de países imperialistas en lo referido a sus trazos laborales, de redistribución estatal y prestaciones, de Olimpo mercantil, de diversificación del ocio, y de financiarización soft a la vida individual y doméstica. De este fenómeno, claro está, no tiene ninguna culpa el pueblo griego, a quien la Guerra Sucia estadounidense le impuso, a través de sucesivos coroneles golpistas, un rol de bastión frente al Bloque del Este, de torre de vigilancia sobre las evoluciones balcánicas y de contrafuerte blindado a la retaguardia israelí.

Son dichas funciones dispuestas en calidad de parachoques y a la vez de plataforma de lanzamiento para la Inteligencia estadounidense y su espionaje, para sus maniobras de desestabilización, etc., las que determinaron en buena medida la estructura de esa “última frontera” atlantista (evocada, una vez más contra el persa, con el film “300”). A fecha de hoy se calcula en un 20% del censo de población activa los ciudadanos griegos que trabajan directa o indirectamente vinculados al ejército del país. Súmese a ello la pléyade de sectores circundando el tejido de bases militares (abastecimiento, transporte, mantenimiento, etc.). El gasto militar griego, pautado por la función geo-estratégica encomendada, triplica la media europea, pero tal inversión pauta a su vez la sociología económica y ocupacional griega, generando intereses transversales, lobbies militaristas, etc. La “economía de guerra” nutre también manutención de esclavos que cierran filas por el contencioso de las aguas y los archipiélagos contra el Asia Menor (aunque los Jefes atlánticos manejen con una mano al peón griego y con la otra al turco). Los vecinos compiten por encarnar “el legado Clásico”. Por otra parte, el heroísmo partisano en la liberación nacional contra el nazismo fue traduciéndose en una masa social e ideológica interna que, combinada con el avance del Ejército Rojo, habría acabado por ubicar a Grecia del otro lado del Telón de no haber sido por las matanzas que los oficiales yankies y sus soldados cometieron, habiendo penetrado en territorio griego como nueva fuerza de ocupación.

 

Palo, zanahoria y expolio alemán

El Tío Sam dio palo a los griegos hasta en el tuétano, hecho que debía ser complementado con una vertiente política de la zanahoria. A la banca griega, que nada había sido, se la invistió de cierta importancia a base de flujo crediticio, asignándosele funciones lubricantes sobre el gasto familiar y público. Al Estado se lo hipertrofió con la entrada de centenas de miles de funcionarios, involucrando a buena parte de la población en la gestión de la maquinaria administrativa, aun sin haber necesidad de ello desde un prisma funcional puro. La ultra-funcionarización del país es siempre útil de cara a conciliar a la sociedad con la política, no sólo porque provee un abanico de trabajos “decentes” y relativamente “cómodos” a niveles de ingresos reconfortantes, sino también porque genera identidad neo-corporativa en “la defensa de lo propio”. Este juego es un baile de doble movimiento: la Administración se concentra, pero al tiempo se descentraliza con arreglo a regiones para mejor incorporar en su seno a la ciudadanía. ¿”Desdoblamiento”?. ¿”Derroche irracional”?. ¿”Sobre-gasto?”. Nada de eso, si lo observamos desde un ángulo de racionalidad política. Pues la lógica en ciernes no entraña rastro de búsqueda weberiana de eficiencia, sino que versa de “poner fin a la historia” (al disenso) cooptando a la sociedad civil bajo un Estado dialécticamente socializado o dispensador (Hegel).

Fue así como Alemania pudo, a pesar de todo, seducir en su proyecto de anulación y de vaciamiento productivo de Grecia. Alemania no hizo más que aprovecharse y recoger la uva madura con que rezumaba la cepa de Yo ideal donde el Hegemonismo yankie había terminado por instalar a los helenos. Los almidones balsámicos eran veneno que distorsionaba el entendimiento social tanto de la propia posición colectiva en el Mundo como de los alineamientos y antagonismos inter-nacionales que le son inherentes a esa posición; es decir, distorsionaba el entendimiento de la identidad en una acepción materialista del término. ¿Para qué la agricultura o la ganadería?: si eso es “de atrasado”. Si no es moderno… Lo moderno es trabajar en el Estado, que “es de todos”. Eso ofrece “prosperidad” al bolsillo, oportunidad para fundar y para costear una familia…, donde la tierra no da “oportunidades”. Y que produzcan otros: los amarillos, los aceitunados… “Nosotros somos europeos y los europeos se especializan en regir la producción de otros”. Así fue terciarizándose la estructura laboral del último rincón del campo, mientras las polis ansiaban su retorno al esplendor Antiguo del ágora y su collar mercantil circundante, favorecido por un turismo de alto gasto que anclaba en las islas para entrar y salir de la península.

Desde el Norte, a los griegos se les fue sustrayendo el alma por un plato de lentejas. Las perspectivas de desarrollo productivo cedieron al pan, al circo y a la conjugación multi-tarjeta para ir haciendo malabarismos mensuales con el saldo. Alemania fue concentrando y monopolizando directrices sobre cuotas productivas, exportaciones, importaciones, colocación de capitales, absorción, neutralización competencial y compra de deuda.

De aquellos polvos anglo-continentales, estos lodos. Pero aquellos le sabían a polvos de oro al “dignísimo pueblo griego”, deslizándose (pos)moderno sobre el bazar de las ideologías, por decirlo como el histórico comunista italiano Amadeo Bordiga.

 

Los límites de la desvalorización

Dibujemos a grandes líneas el cuadro resultante:

– Terciarización y mercantilización de la estructura laboral;

– Hiper-funcionarización;

– Asunción estatal de roles redistributivos;

– Financiarización del consumo;

– Desindustrialización;

– Codificación creciente de las relaciones sociales en clave de “oportunidades” mercantiles para el individuo-propietario o aspirante a serlo;

– Primacía integradora, para el grueso de la Fuerza de Trabajo, de la estructura reproductiva (consumidora de Valor en sus funciones sociales) sobre la estructura productiva (creadora de Valor);

– Residualidad del origen de la plusvalía y “desproblematización” aparente de su gestación (fenómeno donde la subsunción nacional a la cadena de transferencias financieras juega un papel fundamentador);

En cambio, inclusión social en la cadena de empleos que ayudan a dineralizar la plusvalía, la recolocan, la administran, contabilizan, operan nutriéndose de inversiones de plusvalía hacia servicios e infraestructuras.

Hasta ahí, escasas diferencias con capitales europeas u “occidentales” cualesquiera, donde también las mercancías fluyen desde otra Dimensión como “ríos de miel y leche” y donde ni se sabe ni se quiere saber al respecto. ¿Cuál es la diferencia entonces?.

La diferencia estriba en que la estructuración “occidental” como una ciclópea maquinaria de gasto de Valor allí donde tal Valor no se produce, es sustentable por un denso circuito de procesos diferidos a los países oprimidos, sobre cuyas operaciones de transformación de la materia, ese otro mundo predatorio de Valor posee la propiedad real. Pero éste resulta no ser el caso de Grecia. Tampoco de España, aunque su oligarquía sí sea imperialista. Auto-ubicarse en el vértice terciario de la pirámide global de tareas, sin ser imperialista, no es sostenible con longevidad. Tan pronto como el verdadero vértice (USA) entró en crisis y éste tuvo que reagrupar sobre sí sus propias fuerzas financieras, fueron finiquitándose las contraprestaciones que, a cambio de su anulación competencial, eran dispensadas a territorios como el griego, de la mano de interventores regionales como el germano.

Convendría retrotraerse, con humildad, a lo elemental; ahora que de la noche a la mañana todo el mundo es economista y se nos habla de conceptos ultra-elitistas y de cifras astronómicas induciéndonos a una familiaridad canallesca con las disquisiciones econométricas que incumben a nuestros enemigos. Empiecen ustedes por David Ricardo, señores analistas. La creación de riqueza procede al 100% del trabajo, y no del Capital. Marx afina: en todo el periodo que abarca el ciclo histórico de las sociedades mercantiles, la riqueza económica aparece objetivada/alienada (Hegel) como Valor. Y no es meramente “el trabajo” el creador de Valor, sino aquel trabajo que transforma físicamente la materia dándole inédito valor de uso y, con éste, valor de cambio. La substancia de Valor es ese trabajo que Marx adjetiva de productivo y cuya magnitud es el tiempo de trabajo cotejado por “la densidad de trabajo” (complejidad, valor aplicado de la propia Fuerza de Trabajo, conocimientos técnicos) para cada unidad de curso temporal.

Corolario: la estructura social-reproductiva es creada y recreada por la estructura productiva, sea ésta Soberana o parasitaria (imperialista). Esto es matemática elemental.

 

Idealismo inmediatista

Resulta idealista concebir que, por inercia, el grueso de los griegos vaya a ponerse en pie reclamando abandonar el euro, la UE, la OTAN y demás estructuras del imperialismo. Aun no constituyendo población imperialista, los helenos han vivido en la diseccionada Matriz de emulación primermundista. El clamor masivo heleno está inspirado por la necesidad conservadora de renegociar exitosamente las coordenadas de inserción propia en la cadena de extorsión/distribución mundial de Valor. En Matrix, el protagonista despierta con los ojos afligidos. Pregunta a su rescatador: “¿Por qué me duelen los ojos?”. El último le responde: “Jamás los habías usado”. Aunque objetivamente Grecia es un país oprimido, el pueblo griego no va a mirarse al espejo y reconocer su “negritud” en “el desierto de lo real” al que está siendo precipitado por el reajuste de formato programático de su matriz de subsunción. El trauma en ciernes empuja a una freudiana auto-negación. Los griegos no van a reconocerse “negros”. Y, aunque en su hermanamiento con los parias de la Tierra esté su salida histórica, van a tratar de seguir siendo siquiera “los mestizos de esos negros”.

Sorprende que algunos sedicentes comunistas le pidan peras al olmo de la realidad, empeñándose en abanderar a los griegos en la adopción de un programa inmediato de ruptura con las estructuras que les devoran el hígado, pero que también son su carta de apolíneo equilibrio precario en el monte Olimpo internacional de consumos de materialidad (especialmente ahora que, cuando ya nada hay en pie, ni polígonos ni visos de tecnología propia, las Potencias han consumado la cosificación de los griegos como “improductivos”). Estos señores invocan a Marx en sus soflamas maximalistas, pero no son más que predicadores en el desierto. Deben releer y meterse en la cabeza que la conciencia deriva del ser social, y no al revés. La conciencia es ella misma, en última instancia, ser.

Por su apego material a su vida de ensoñación, la mayoría del pueblo griego no va a desear salir del euro. Pero, aunque sea no democráticamente, un Gobierno heleno que vele por ese pueblo debe sacarlo del euro (si bien, por lo que explicaré abajo, no inmediatamente). Quedarse es un suicidio. Salirse, poco menos que un suicidio. No debemos pensar el euro como una moneda. El euro es una estructura política. Es, se me perdonará la afirmación sexista, como ciertas mujeres (ni con ellas ni sin ellas la vida es vivir). Actuando contra Grecia como el mercachifle de una potente droga, las Potencias la han hecho dependiente de la fuente de su sumisión. Al haber des-productivizado Grecia y haberla configurado como economía eminentemente importadora, pisando el cuello del país le abren, indisociablemente, un agon de oxigenación. El paso a una moneda nacional mil veces más débil dispararía la carestía de lo importado (que es casi todo), tanto como resultaría en un saldo comercial negativo traducible como caída empresarial, de recaudación tributaria y por ende déficit presupuestario. Con ello, estará servida la incompetencia administrativa para el mantenimiento de estructuras sociales. En tal tesitura, la terapia de choque no podría ser otra que emplear la nueva Soberanía en la acuñación de moneda con objeto de poner liquidez en circulación. El monetarismo forzoso disparará la inflación y ese desequilibrio entre necesidades y poder adquisitivo (depresión de mercado) deprimirá en lo sucesivo las iniciativas de dar alternativa económica a la dependencia a importaciones. Se constatará el bucle.

 

Cercenar el nudo gordiano

¿Cómo armar un antídoto a este trabajo colectivo de Sísifo?. La clave estriba justamente en la tesis enunciada: el Gobierno debe sacar a Grecia del euro, mas no de inmediato. Para construir soberanía productiva y así recaudatoria con que evadirse del Tártaro de las importaciones y la financiación exterior, Grecia necesita hoy financiarse. La paradoja es pura dialéctica: seguir inserto en los ligámenes es el único camino hacia cortarlos. Grecia parte de cero. El inmediatismo del KKE lleva a la Nada. ¿Con qué materia prima de inversión va Grecia a crear; a crearse a sí misma?. “De la Nada, nada sale” (Parménides). A pesar de todas las críticas pertinentes en materia procesual de negociaciones y respecto a las condiciones concretas lidiadas, la justa execración de las nubes, refracciones y desviaciones lumínicas no puede hacernos perder de vista el sol. La posición de Syriza sigue siendo dialéctica y conducente a la auto-trascendencia helena: sólo las brasas fraguan el fénix y hacen, del fuego, el vuelo del fénix por encima de sí. Grecia ha existido por tiempo en la Caverna. En un Mundo de las Sombras, prosaicas pero acolchadas. Para franquear la Caverna, deberá crearse su mundo material hasta de su fría y oscura piedra.

 

Tamer Sarkis Fernández