La historia del régimen monárquico: Entre la tragedia y la farsa...

La historia frecuentemente nos depara reiteraciones sorprendentes. Una de ellas  – en este caso múltiple – se ha producido con la abdicación de Juan Carlos Borbón en favor de su hijo Felipe. En efecto, como su predecesor el dictador Francisco Franco, Juan Carlos I permaneció también en la jefatura del Estado nada menos que 39 años. Pero no es esta la única coincidencia que se produce en el ocaso de ambos regímenes políticos. Veamos. En el curso de las casi cuatro décadas que duró su reinado, el descrédito y el rechazo de los ciudadanos hacia el monarca ha llegado a ser tan intenso como el que sufrió el“Caudillo” en los años que precedieron a su muerte. Es cierto que el rey no ha muerto en la cama como el dictador pero, como ocurrió en el caso de este último, las clases sociales dominantes se han apercibido a tiempo de que resulta imprescindible  cambiar algunas cosas para poder conservar lo esencial: la continuidad de su control sobre el poder político y económico. Como sucedió cuando se produjo la muerte física del dictador en 1975, la muerte política de Juan Carlos Borbón sobrevenida con su abdicación ha tenido como corolario una intensa campaña de loas, elogios y postreros reconocimientos a sus supuestos méritos históricos. De manera general, con repugnante unanimidad los medios de comunicación de ahora, como los de entonces, han eludido adentrarse en el  análisis del estado de ruina moral en el que encuentra el aparato institucional del sistema político nacido de laConstitución monárquica de 1978.  Como entonces, los patrones de la comunicacion  de hoy pagan con ello el régimen de monopolio y de canonjías  que han disfrutado durante casi cuarenta años. Tal y como sucedió a finales de la década de los años 70 del siglo pasado, los partidos políticos se han puesto de acuerdo...

Felipe VI: la sombra de los borbones es alargada...

La democracia española recibe una segunda hipoteca. Felipe VI se aúpa al trono, lastrado por un déficit democrático acuñado por su padre, sucesor por deseo expreso del dictador.     En 1975, tras la muerte biológica del dictador, el miedo atenazó a los partidos políticos republicanos, el PSOE y el PCE, y decidieron arriar las banderas del republicanismo en un alarde de “pragmatismo realista”. En su favor adujeron que la monarquía no era un hándicap para restablecer la democracia. El pacto de la transición vuelve a ser cuestionado hoy, en el momento de la abdicación de Juan Carlos I. La proclamación de Felipe VI sella definitivamente la traición. Los monárquicos están de enhorabuena. La dinastía borbónica en España se reinventa con el inestimable apoyo de una nueva figura política: los republicanos-monárquicos. Una esquizofrenia. La Constitución de 1978 posó la corona sobre todos los españoles, definiendo la forma de Estado y de gobierno como monarquía parlamentaria. Con el cadáver del dictador aún caliente, el fantasma de un golpe de Estado se utilizó como parapeto del franquismo modernizador. Los republicanos constituyentes entonaron con satisfacción: “¡Vivan las cadenas!” Sin plebiscitar la forma de Estado, la democracia nación hipotecada. Pasados 39 años, el fin del juancarlismo era el momento idóneo para saldar cuentas y deudas pendientes, se abría la posibilidad de plebiscitar la forma de Estado. Si en 1978 el PSOE y el PCE aparcaron la reivindicación republicana, hoy las condiciones históricas son otras. Asistimos a una crisis de la monarquía bajo la forma de acusaciones de corrupción, malversación de fondos, evasión fiscal y enriquecimiento fraudulento. Hoy su fortuna alcanza mil 700 millones de euros, según la revista Eurobusiness. La sola imagen de una proclamación sin la comparecencia del rey abdicado y su hija mayor, la princesa Cristina,...

República vs República (y cuarenta años después, ruptura de una vez)...

La situación exige dar pasos adelante en la unidad de acción de todas aquellas fuerzas que están en contra del régimen [de la Transición]     Los últimos acontecimientos en torno a la abdicación del Borbón impuesto por Franco han traído aún más si cabe a la actualidad y al centro de la movilización popular la cuestión de la República. El hecho de que este Rey se haya “caído” tras unas elecciones y la imagen (esta vez en color) de la Plaza del Sol a rebosar para que se fuera de verdad, pero con descendencia incluida, no podía dejar de retrotraernos a aquella otra en blanco y negro tan conocida del 14 de abril de 1931: cuando tras las elecciones municipales de entonces, el abuelo con la familia entera tuvo que salir por la puerta de atrás del Palacio Real. Pero esta vez, quienes estábamos allí –y aunque sabíamos de la gravedad del momento que hacía que tanta gente compañera acudiera pidiendo “la Tercera” y exigiendo un referéndum- no podíamos por menos que “retrotraernos” aún más lejos. A aquellas sabias palabras de Marx en que nos advertía contra esa tendencia caprichosa de la historia a repetirse como farsa. Lo que no sabemos es si dejó dicho cuántas veces puede repetirse la farsa. De momento, aquí en el estado español, ya nos colaron en buena medida una de envergadura. La farsa de la Transición. Esa que, tras la muerte del dictador, quebró al rupturismo que quiso retomar el verdadero hilo republicano que teníamos pendiente: el de la República Popular que comenzó a gestarse el 16 de febrero de 1936 tras la victoria electoral del Frente Popular. Y que la respuesta heroica de los trabajadores al golpe fascista del 18 de julio (sólo 5 meses más...

22M, el triunfo raptado de la clase trabajadora...

El pasado sábado cientos de miles de personas siguiendo la vieja máxima de que el movimiento se demuestra andando, nos congregamos en Madrid desde todos los rincones del Estado apoyando una movilización que por una pluralidad de factores la convirtieron en única, por su masividad, por la diversidad de los convocantes, por la muestra de unidad que se dio, por la intergeneracionalidad de los asistentes. Los puntos que se reclamaban eran de una simplicidad tal que ningún ciudadano con un mínimo de moral podía rechazarlos, es más muchos se encuentran enunciado en el texto constitucional, derecho a un trabajo digno, a unos servicios públicos y de calidad, a una vivienda y a que se audite una Deuda pública que siendo privada en el inicio de la crisis nos la han endosado a todos los ciudadanos sin el menor control y sin la menor repercusión para los directivos que la generaron por el método de hacer quebrar . Pero al parecer exigir que se cumplan Derechos fundamentales está reñido con un sistema político corrupto como el nuestro, En paralelo con la celebración de la Marcha de la dignidad se produjo el fallecimiento de Adolfo Suarez, hasta hace poco denostado por todo el arco parlamentario y la prensa de todos los colores, este fin de semana se nos ha machacado con que gracias a él y al rey claro, tenemos un sistema democrático, obviando más de cuarenta años de lucha de la clase trabajadora contra el franquismo y sus sucesores, con miles de muertos, desaparecidos y represalidados. Este mensaje en el que se insta al pueblo a ser paciente y comprensivo para obtener como recompensa que desde el Poder le otorgaran una serie de Derechos, choca de manera frontal con el discurso de la Marcha de...

22 M. La dignidad del pueblo...

El pasado sábado en las calles de Madrid se congregaron dos millones de personas, colectivos y pueblos de todo el Estado, en una manifestación que cualquier persona con un mínimo de humanidad debería secundar. Reclamamos una vida digna, trabajo, casa, servicios sociales para todos y todas y el no pago de la deuda.   Con un amplísimo apoyo popular, las Marchas de la Dignidad avanzaron durante más de 5 horas desde Atocha hasta Colón, en un ambiente de lucha y solidaridad entre pueblos, que no se recuerda en décadas. Una acción construida durante meses, a base de trabajo militante. Desde que partieron, las Marchas de la Dignidad han recorrido todo el estado haciendo asambleas en cada lugar por el que pasaban, llevando una auténtica democracia a cada pueblo y recibiendo la solidaridad de las gentes. Frente a esta demostración de dignidad y democracia, el sistema no tiene ningún discurso que enfrentar, y su única respuesta es la represión: La represión mediática, con el silencio absoluto desde todos los medios del régimen, hasta que la realidad se ha impuesto y se han visito obligados recoger nuestra lucha. La represión política, con declaraciones absurdas como las comparaciones con grupos de extrema derecha, con Ayuntamientos prohibiéndonos pasar o pecnoctar en sus municipios  o autoridades locales increpado a compañeras y compañeros. La represión policial, sufrida durante todo el camino,  cuando la guardia civil desviaba a caminantes por caminos paralelos de tierra y piedras para dificultar su marcha,  o cuando la policía impedía que las asambleas transcurriesen con normalidad. Los controles injustificados en carreteras que retuvieron a más de 100 autobuses que originaron retrasos entre una y tres horas. Pero especialmente cuando, una vez en Madrid, un despliegue policial desproporcionado, formado por 1.700 agentes de la UIP traídos de varios lugares del Estado, fue utilizado para amedrentar y...

EL PODER TIENE RAZÓN: EL 22M ES PELIGROSO...

Breve análisis de una movilización inédita en tres décadas.     Primero comenzaron tratando de hacer fracasar las marchas del 22M sobre Madrid. Los medios de comunicación enmudecieron en la mención de todo aquello que se relacionara  con  las múltiples movilizaciones que habían partido desde diferentes puntos del Estado español en dirección a su capital. Ni una información, ni un solo dato, nada que pudiera poner en conocimiento de la ciudadanía que para el 22 de marzo había prevista una concentración que se esperaba multitudinaria. La sordina sobre la movilización fue total, absoluta y sospechosamente unánime. Pero una vez que las marchas empezaron a tomar cuerpo se hizo preciso para los que administran el aparato del Estado intentar difundir el miedo,  inyectar el pánico entre aquellos a los que continuar encerrados en sus casas les  hace escocer el alma.   Cuando se  generalizó la sensación de que la iniciativa  iba a constituir un éxito, los alquimistas del miedo recurrieron  a procedimientos más coercitivos. El fin de semana comprendido entre los días 20 y 22 de marzo, el Ministerio del Interior,  instigado por su temor a la magnitud del evento silenciado, comenzó a mover sus fichas. En una operación pocas veces vista, interceptaron a los autobuses que repletos de marchistas  se acercaban a Madrid. Obligaban a los pasajeros a descender de los vehículos procediendo a su interrogatorio y registro. Establecieron, asimismo, un fuerte cordón de vigilancia en las estaciones de trenes y autobuses.  Retomaban así los viejos tics policiales de la dictadura intentando provocar una sicosis de inquietud e inseguridad entre quienes acudían a la manifestación. Había que ahogar a aquella criatura antes de que pudiera nacer.  Simultáneamente a estas operaciones “preventivas”, la inefable Delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, atrapada por una crisis de histerismo macartista, se dedicó a  lanzar...